Simenon, además de belga ilustre, era un gourmand

Georges Simenon era un mujeriego. Y un presuntuoso: afirmó haberse acostado con miles de mujeres. Después su hijo confirmó lo evidente, que no podía ser verdad.

También le gustaba la noche, el alcohol, los ambientes poco recomendables, las compañías poco recomendables.

Su leyenda negra también dice que también fue antisemita y colaboracionista con los nazis. No sabemos si fue así, o si fue víctima de la envidia, efecto colateral e inevitable del éxito.

Exigimos que los genios, además de serlo, sean perfectos. Pero nunca lo son, ya lo vimos con otro belga ilustre: Hergé. Pues Simenon, menos que nadie.

Entonces, ¿qué tiene este belga que lo convierta en ilustre?

Para empezar, es el escritor belga más conocido y reconocido. Con permiso de Julio Cortázar, al que contamos como belga porque nació en Bruselas. No sólo vendió novelas como gofres (churros, si se prefiere), sino que sus escritos fueron llevados a la pequeña y la gran pantalla.

Además, fue prolífico como pocos.

192 novelas con su nombre

30 obras con 27 seudónimos: hasta de seudónimos andaba sobrado (uno de ellos era Monsieur Le Coq, y la verdad, un poco gallito sí que era)

550 millones de ejemplares publicados

Relatos populares, novela negra “dura”,… hasta columnas humorísticas en sus inicios.

Ya lo dicen en ABC: “Simenon es un tsunami”.

No sólo se trata de cantidad, sino de calidad: contó con el aprobación del público.

En su Lieja natal, han erigido estatuas en su honor, le han puesto su nombre a la calle donde se crió y el nombre de su personaje más famoso a una plaza.

En Estados Unidos le dieron una cálida bienvenida y le ofrecieron la nacionalidad (que rechazó).

Hasta en La Rochelle se rindieron a sus encantos… casi póstumos. Si bien sus habitantes no sentían especial simpatía hacia el vecino que no los había retratado con sus mejores cualidades en su obra El Testamento, poco antes de su muerte bautizaron con su nombre uno de los muelles.

En 2003, en el aniversario de su nacimiento, se celebraron actos dentro y fuera de Bélgica. Hasta en Madrid se programó un ciclo especial con películas basadas en algunas de sus obras y un ciclo de conferencias.

Por si el beneplácito de sus lectores no fuera suficiente, contó con la admiración de grandes intelectuales como André Gide o Julián Marías, y aunque ha llevado un tiempo, hoy en día cuenta con el reconocimiento de la crítica internacional.

Simenon creó a Maigret, un inspector de la policía francesa que es uno de los grandes personajes de la novela negra, de la talla de Poirot, Phillips Marlowe o Sherlock Homes, y sin embargo (o quizás precisamente por eso), totalmente diferente a ellos.

Pero más allá de la saga Maigret, el escritor belga tenía un estilo propio y sus obras eran, como mínimo, cautivadoras.

Para muestra, un botón: así comienza El hombre que miraba pasar los trenes:

De cómo Julius  de Coster se emborrachaba en el Petit Saint Georges y de cómo lo imposible salta de repente los diques de la vida cotidiana.

Un leitmotiv permanente en la obra de Simenon es justo esto: cómo de lo cotidiano surge lo inusual, bien en forma de crímenes policiacos o de tragedias personales.

Por último, pero no menos importante, Simenon (o algunos de sus personajes) era un gourmand: en las aventuras detectivescas del policía francés la comida tiene su importancia, ya que Maigret se deleita comiendo tanto un bocadillo de embutido en París o un steak con patatas en Nueva York. Lo cierto es que Simenon a menudo encontraba escusas para introducir guiños a los gourmands en sus textos. Y alguno hasta hacía referencia a la gastronomía española:

No sabía su apellido. La gente decía: la tienda de los españoles. No tenía escaparate. Era más bien un amplio pasillo, invadido a ambos lados por cantidades ingentes de mercancías que Louis había ido a contemplar a menudo con más admiración que envidia.

Cocos cubiertos de pelo áspero, con un mechón rojo en forma de perilla, por ejemplo. Granadas, una de las cuales había cortada por la mitad para que se apreciara el color de la frágil pulpa que rodeaba las pepitas.

Nunca había probado ni los cocos, ni las granadas, ni esas mandarinas cuidadosamente envueltas en papel de seda.

Las naranjas estaban envueltas en papel arrugado, y del techo colgaban salchichones como nunca había visto otros iguales, jamones planos y dátiles con los tallos trenzados.

Todo aquello debía de ser bueno y sabroso, muy distinto de lo que comían en su casa, esos pescaditos sumergidos en salsa picante, esas ensaladas de gambas, esas anchoas dispuestas en un círculo perfecto dentro de los toneles, nueces de todas las clases, botellas rodeadas de paja y latas de conservas de todos lo colores…

Le asombraba descubrir que Vladimir fuera amigo del hijo de los españoles, de un buen muchacho que vivía rodeado de tantas cosas buenas y que sin duda las comía.

Mirada Inocente, Georges Simenon

No pudimos evitarlo, Monsieur Simenon tiene mesa permanente en nuestro bistró. Es ésta y si quieres puedes compartirla con él.

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P.D.: Las fotos son de algunos de los enlaces del texto y de aquí.

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